
Durante mucho tiempo Gabriel Orozco viajo en su jepp verde por San Luis Potosí y la Costa chica en busca de inspiración.
Pero en sus viajes, el artista no miraba los asombrosos amaneceres ni bellas montañas. Él se fija en las piedras rotas, en las llantas ponchadas y hasta las lagartijas, “son cosas raras, extraña y locas; tal vez de ahí viene el éxito de mí obra”, me dice Gabriel Orozco, quien inaugurará una exposición individual de obra nueva en México.
“Creo que han pasado 20 años desde que lo hice. Antes han sido dos retrospectivas de mí obra (Museo Tamayo y Bellas Artes) por eso estoy feliz de poder mostrar mi obra nueva”, explica el artista con su peculiar sonrisa, vestido de negro y su cabello casi platinado.
La exposición se compone de distintas nopaleras secas y troncos que el artista intervino regresándolas (de alguna manera) la vida para formar un paisaje desértico donde habitan seres como “el güero” o “el Cristo” que misteriosamente envolverá al público mientras dibujos geométricos en hoja de oro hipnotizan.
“El arte no se explica pero podría decir que es una reflexión sobre la vida, los paisajes y nuestra deficiente relación con la naturaleza”, asegura el artista, quien dice no andar en la calle pensando en que “soy famoso”.
Sobre la crisis económica comentó que “cuando hay una crisis tan fuerte todo se viene abajo y salen nuevas ideas y en el arte, que también está colapsado van a pasar grandes cosas… estoy seguro”.
Finalmente, Gabriel Orozco dijo que durante todo el año se dedicará a preparar junto a los curadores la exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) que se llevará a cabo en diciembre.
“Hay mucha energía alrededor de la retrospectiva y la gente quiere ver una muestra importante de mi trabajo y eso me dice que a la gente le gusta lo que hago por más extraño que parezca”.