Leer novelas es uno de los pocos actos soberanos que tenemos. Cuando uno ya está enamorado de una se convierte en el dueño de todas las historias que nos cuenta. Los personajes son producto exclusivo del lector que los imagina. Se vuelven una suerte de propiedad privada con derechos de autor exclusivos de uno mismo. Los paisajes son tuyos, el tiempo también. El lector, vaya, se convierte en el personaje principal de la novela.
Entretienen sin boleto, acompañan sin agobio, no te piden más tiempo del que estés dispuesto a dar.
Leer alguna –o un par de ellas- es la actividad más propicia para las vacaciones.
Y uno puede emprender proyectos novelescos de lectura según la clase de vacación: para un largo asueto de verano y sin playa los nueve tomos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; por ejemplo.
Si son extensas y a la orilla del mar un clásico como El viejo y el mar de Hemmingway y una nuevecita, como Península, península de Hernán Lara Zavala.
Si se trata de un corto puente más vale leer una sola novela. Muy buena y también muy ágil si se puede algo como Linda 67 de Fernando del Paso o El palacio de la Luna de Paul Auster.
Pero si el asueto es como el que se avizora no se preocupe, todo fuera como eso. Para este fin de semana, ni tan largo ni tan corto, haga homenaje a los muertos leyendo una novela policiaca. Si es mexicana, mucho mejor.
Tiene tres opciones: Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, Dos crímenes de Jorge Ibarguengoitia o El complot mongol de Rafael Bernal. Se divertirá con cualquiera de ellas y, en vez de llorar al muerto, podrá descubrir quien es el asesino.
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