Desde hace algún tiempo el cine de verano ha tenido como presencia obligada las historias de superhéroes. Este año no fue la excepción, con el estreno de X-Men Orígenes: Wolverine, cuyo título parece más digno de un cómic derivativo de la Marvel que de una película.
Los productores enrolan tras las cámaras a Gavin Hood, director sudafricano con fama repentina después del inesperado Oscar a Tsotsi
(2005) y que luego fuera responsable del insípido thriller paranoico Sospecha (Rendition).
Wolverine (para abreviar) viene a ser la cuarta entrega en la saga de los X-Men y una más cercana al trabajo elegante de Bryan Singer en las dos primeras películas.
El guión corre a cargo del talentoso novelista David Benhioff (Hora 25) y de Skip Woods, hasta ahora maquilador de cintas de acción (Hitman, Swordfish). Un guión basado principalmente en el breve, largo e intenso cómic Weapon X, que seguía la experimentación y tortura del mutante Logan a cargo de un equipo de científicos con el propósito de convertirlo en un arma con esqueleto del metal irrompible: adamantio.
Como toda historia acerca de los X-Men, el tema detrás de Wolverine es nuevamente el genocidio de los mutantes a cargo de siniestros políticos y militares del establishment estadounidense. Wolverine no es una cinta para el espectador ocasional, que podría apreciar los efectos especiales y anotarla como un alucine más del Hollywood veraniego.
Es una película diseñada para fans del cómic y del más popular de los mutantes discípulos de Charles Xavier.
El seguidor y lector de los X disfrutará la presencia de héroes como Remy Lebeau/Gambit (Taylor Kitsch), una mirada letal a los inicios de Scott Summers Cyclope (Tim Pocock) y demás guiños a la mitología de los mutantes creados por Stan Lee, incluyendo a un comando de mutantes asesinos liderados por Simon Creed (Liev Schreiber, estupendo) y el origen también del letal Deadpool.
Los guionistas saben que ese seguidor será capaz de rellenar omisiones del guión o el montaje, con sus propias referencias. Mientras que para el espectador ocasional la experiencia puede resultar más confusa que significativa.
Hood navega básicamente en piloto automático, detrás de su equipo de efectos especiales (con buenos aciertos), sosteniendo la película en el carisma de Hugh Jackman y en la propia sustancia que los fans añaden a los personajes. Aún así su trabajo es competente y muy superior tanto a su película previa, como al infame trabajo de Brett Ratner en X3.
Hay un mercado para seguidores de los X, parece concluir la Fox, que tiene una absurda secuela en proceso: X-Men Origins: Wolverine 2 y otra cinta en preparación para el siempre interesante supervillano Magneto (ambas para el 2011).
/doch
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